Reconocimiento al Embajador Albino Gómez. Comunicación 28/2018

El APSEN se enorgullece en informar que el pasado día 7 de junio, el Embajador Albino Gómez fue reconocido con la “Pluma de Honor”, otorgada por la Academia Nacional de Periodismo en una ceremonia que tuvo lugar en la Biblioteca Nacional.

El APSEN comparte el reconocimiento hecho por la Academia y extiende sus felicitaciones al Embajador Albino Gómez por esta merecida e importante distinción.

Se transcriben las palabras del Embajador Albino Gómez en ocasión de la mencionada ceremonia.

“En primer lugar debo decir que estoy más acostumbrado a recibir críticas o silencios que premios,  y mucho menos este extraordinario como el de hoy. Tengan en cuenta que cuando comencé a escribir en mi niñez, hace ya muchísimas décadas,  lo hacía con una pluma que en ese lejano tiempo se llamaba “pluma cucharita”, con la cual hice mi primera composición sobre la vaca. Imagínense entonces mi sorpresa ante los saltos cualitativos de pasar de esa pluma, a las siguientes biromes, a las lettera 22 que usábamos los periodistas en los viajes porque eran las máquinas de escribir más livianas antes de que aparecieran la ordenadoras, y que todo lo hecho en ellas contribuyera a recibir este enorme Honor, sobre todo por el altísimo nivel de mis muy admirados predecesores, tanto en el orden personal como en el intelectual.

Obviamente estoy profundamente agradecido al Presidente de la Academia Hermenegildo Sabat, a sus vices Magdalena Ruiz Guiñazú y Lauro Laiño, y a todos sus integrantes. Como a la Biblioteca Nacional, hoy bajo una prestigiosa dirección, por el espacio brindado para la entrega de este premio.

Y también muy especialmente agradecido por esta gran concurrencia que me recuerda al notable Macedonio Fernández, que en una oportunidad, seguramente por un error respecto de la fecha o de la hora para su conferencia, se encontró con la sala completamente vacía. Pero su gran humor le permitió comentar que si faltaba uno más, no entraba. Algo parecido le ocurrió a otro gran escritor, León Benarós. En su caso, la sala donde debía hablar tenía un solo concurrente. Ello no le impidió comenzar diciendo: Señores y señoras…pero el único concurrente lo interrumpió diciéndole: puede llamarme Pedro.

Desde mi primer libro hasta el último, cualquiera fuese el género, ya que no reparo mucho en los géneros, aún sin saberlo, participé del juego señalado por Terrence Blacker en The Independent de Londres, cuando decía: “ Desde hace tiempo los novelistas han venido jugando a la verdad o ficción. Por su forma, Mi otra vida, de Paul Theroux, parecía un libro de memorias, y situadas en lugares donde él había vivido, pero era una larga fantasía. Phlip Roth jugó de igual modo con la realidad de los hechos. O Tom Wolfe o Gay Talese… Más recientemente, una hueste de  novelistas y cuentistas,  han inyectado en sus novelas una carga de autenticidad tomando episodios de su propia vida, o fingiéndolos, y todo esto tiene que ver con lo que en El espacio biográfico investigó Leonor Arfuch acerca de los orígenes del relato (auto) biográfico, desde sus antecedentes lejanos en la antigüedad clásica hasta la concepción “moderna” del yo y la invención de la privacidad y la intimidad. Examinó -apoyándose en las teorías de Lacan- los conceptos del sujeto como máscara, antagonismo, vacío, perpetua incompletud, para plantear un debate sobre la autobiografía, su carácter paradójico y sus inevitables vínculos con el relato ficcional, sobre todo en la llamada autoficción. La discusión sobre lo público y lo privado la llevó a revisar las teorías de Arendt, Habermas y Elías, para desembocar en la interpretación y la indiscernibilidad de ambas áreas que suele darse en el horizonte contemporáneo. En su análisis de las diferentes modalidades del relato biográfico, aun las canónicas, la autora destacó siempre las fronteras lábiles, las intersecciones, las ambigüedades (entre biografía, autobiografía, novela histórica, testimonio, diario íntimo, correspondencia, etc.

Pero no se asusten porque no pienso fatigarlos con teorías que de seguirlas me habrían inhibido, seguramente, de escribir, tal vez para bien de los lectores.  Porque nunca se me ocurrió escribir a partir de una teoría, porque uno teoriza como se le ocurra, pero escribe como puede. Como tampoco pude desentenderme de lo que pasaba en el mundo, la viabilidad de nuestro planeta  y sobre todo en nuestro país, porque nunca me consideré un literato sino modestamente, escritor y  periodista.

Si bien les prometí no entrar en teorías, no puedo dejar de recordar que a partir de la segunda mitad del siglo XX, se inició una revolución teórica de gran envergadura en nuestra comprensión del lenguaje, llamado “el giro lingüístico,” que influyó en todas las ramas de la filosofía, ubicando al lenguaje en el centro de sus preocupaciones. La psicología, la sociología, la antropología, las ciencias políticas y la economía, entre otras disciplinas, que fueron reconociendo progresivamente la importancia del lenguaje en sus respectivos campos. Y los estudios sobre las bases biológicas del lenguaje, también hicieron un concordante aporte en este mismo sentido. Podemos citar entre algunos  filósofos del lenguaje al británico John Austin, al norteamericano John Searle, al austríaco Ludwig Wittgenstein y desde el campo de la biología, las contribuciones del biólogo chileno Humberto Maturana, con sus trabajos sobre biología de la cognición.

Lo que sí siempre acepté fue que el lenguaje era como decía Heidegger, la casa del ser. Por ello lo que más respeté fue  la poesía, y si bien no pude evitarla, lo hice con muy moderada frecuencia, aunque la impregné más de vivencias que de metáforas, aunque pudiera ser calificada por ello de antipoesía o incluso de muy autorreferencial. Pero téngase en cuenta que Pablo Neruda decía que si le preguntaban qué era su poesía, debía contestar que no lo sabía, pero si se lo preguntaban a su poesía, ella les diría quién era él.

Por ello, en cuanto a lo de ser autorreferencial, debe comprenderse que  es como una fatalidad, porque soy yo la persona que siempre tuve más más a mano.   Por eso mismo poco importa el grado de ficción que puedan tener mis relatos –excluyendo ensayos o el ejercicio del periodismo- porque es muy común que los lectores de novelas, más allá de lo atractivas que puedan resultarles como para no dejarlas en la mitad o mucho antes, terminan preguntándose en algún momento cuánto hay de autobiografía en ellas, como si eso tuviese alguna  verdadera importancia. En cambio, si leen una autobiografía  suponen que no se dice en ellas toda la verdad e incluso que se miente. Vale decir que la autobiografía se transforma para ciertos lectores en ficción y ésta en autobiografía. Por eso descarto toda preocupación en ese sentido, ya que toda realidad es interpretada subjetivamente, y eso puede hacerla ficción y toda ficción puede ser realidad. Y el lector tiene todo el  derecho del mundo para creer lo que le venga en gana y le caiga mejor a su  espíritu.

Otra cosa son los ensayos,  y sobre todo  la labor periodística, porque la función social de  la prensa es describir la realidad, sabiendo que la calidad de la democracia depende también de la calidad de los periodistas y de los medios, ya que el ejercicio legítimo de la libertad de información requiere de hechos verídicos para no defraudar el derecho de la sociedad a ser debidamente informada. Ya que el periodismo, como sostuvo Gabriel García Márquez,  es el “oficio más lindo del mundo” y sin embargo su ejercicio está sujeto a presiones, puede resultar muy peligroso, requiere calidad cultural y la necesidad imperiosa de transmitir credibilidad. También se ha dicho que mis novelas y cuentos suelen ser muy periodísticos, pero esa crítica me da una gran satisfacción.

Pero en este ámbito de la  Academia Nacional  de Periodismo dentro de nuestra  importante  Biblioteca Nacional, no voy a hablar de mis libros, porque ocurre con todos los libros, que presentarlos, reseñarlos o comentarlos, pueden despertar o no su interés, pero nada sustituye su lectura. Cosa que no pasa con los cuadros, que al instante se ven, o con la música que también al instante se escucha y se valoran. Sin embargo, debo decirles simplemente, que en todos ellos  -desde el primero al último- se tratase de novelas, ensayos, poesía, libros de entrevistas, o de recopilaciones periodísticas, traté de usar nuestro lenguaje argentino, que no nació en la literatura española, sino en El Matadero de Echeverría, en el Facundo de Sarmiento y en el Martín Fierro, porque ese lenguaje es mi patria y en toda mi obra está la Argentina, ya que además, nací en Buenos Aires en 1928, como el Ratón Mickey, el colectivo como medio de transporte urbano y el diario El Mundo, poco antes de que Marcelo T. de Alvear fuese el último presidente radical que pudiera terminar su mandato, es decir hace 90 años. Vale decir también que soy porteño, del Barrio de Flores, pero viví muchas Argentinas antes de llegar a la de hoy, y que las fui queriendo o requiriendo de muy diversas maneras, soñándola o imaginándola de muy distintas formas. Y a partir de mi juventud me forjé proyectos para ella que tienen poco o nada que ver con la de hoy. Por otra parte, no soy sociólogo, politólogo, economista o antropólogo, para encararla, digamos, de una manera científica o académica. Sino tan solo como un ciudadano, que desde el periodismo, la escritura, la docencia y la diplomacia, no pude ni puedo dejar de vivirla con pasión. Además, hoy la situación sigue siendo de tal incertidumbre que hace difícil ponerle logos. Incertidumbre que hoy reina por otra parte, casi en el mundo entero. Pero respecto de nuestra Argentina solo pude ir contándola a través de una manera absolutamente autorreferencial, por  mis propias ilusiones, realizaciones o frustraciones, con una mirada que me dio el ejercicio del periodismo y de la diplomacia, aquí y en el exterior, como corresponsal de un matutino argentino, como representante de dos universidades y como funcionario diplomático en relaciones bilaterales o multilaterales. Por todo ello viví fuera de nuestra Argentina unas dos décadas, pero nunca  por períodos mayores de cinco años continuos. Porque siempre volvía y son muchos más los años vividos aquí que en el exterior, y nunca quise radicarme definitivamente en otros países, aún los más vivibles. Entre otras razones muy personales, ello debió tener que ver con el hecho de tomar siempre mucho contacto en el exterior con las colonias de exiliados o expatriados argentinos, dedicándoles largos reportajes y hasta dos libros, que me hicieron empatizar hondamente con sus frustraciones, aún con los más exitosos. Y fundamentalmente, porque siempre, extrañaba,  en primer lugar a Buenos Aires, pero también a muchas otras ciudades del país. Tampoco cantaba  “mi Buenos Aires querido…cuando yo te vuelva a ver”. Así las cosas, ¿qué me ocurre ahora, en esta Argentina de hoy?- Aquí, en Buenos Aires, desde donde soy y siento a la Argentina toda, aunque eso de sentirla toda  me ocurriría en cualquier otra ciudad del país, pero tal vez es solo aquí, en mi ciudad, donde puedo percibirla tan distinta, que me siento algo así como un exiliado, claro está, no desde un punto de vista jurídico-político, sino existencial. O sea un expatriado en mi propio país, en mi propia ciudad. Por ello no puedo dejar de recordar a Julio Cortázar cuando decía: “ser argentino es estar triste, ser argentino es estar lejos”. Y también cuando escribía: “Vos ves la Cruz del Sur, respirás el verano con su olor a duraznos, caminás de noche mi pequeño fantasma silencioso, por ese Buenos Aires, por ese siempre mismo Buenos Aires” Pero ese siempre mismo Buenos Aires ya no es ese mismo Buenos Aires que recordaba Julio Cortázar. Y yo, puedo aseverarlo hoy y aquí. Pero para todo esto, tendría que remontarme al pasado, a un pasado muy inicial, cuando no tenía siquiera conciencia del país, sino tan sólo de un espacio familiar y barrial, que eran mi pequeño territorio: única dimensión de mi ciudad, incluso del mundo. Porque nací en la llamada “Mansión de Flores”, la primera “casa colectiva” de departamentos que tuvo Buenos Aires, diseñada por el arquitecto Fermín Beretervide, un socialista fabiano, a quien increíblemente se la encargó la Unión Popular Católica, que presidía monseñor Miguel de Andrea, un obispo democrático, productor de obras sociales, que hoy llamaríamos progresista. Porque además, fundó y sostenía la Casa de la Empleada con sede en Buenos Aires y otra en Mar del Plata. Así las cosas nació la “Mansión de Flores” en 1924, de solo tres pisos, con 104 departamentos de bajos alquileres, donde vivieron poetas, escritores y hasta los padres de Roberto Arlt. Al ocupar prácticamente una manzana entera entre las calles Yerbal al frente, Caracas y Gavilán como laterales y las vías del tren al fondo, tenía espacio para cuatro patios o plazoletas, rodeados de pequeñas calles internas que daban todas a una calle central,  paralela a Yerbal, de punta a punta, con una vereda a la que asomaban una pérgola de columnas griegas protegiendo un largo rosedal, cuyo límite era un paredón que la separaba de las vías del tren. Había además una sala teatral con capacidad para más de cien personas, y verjas exteriores sobre la calle Yerbal, que le daban total seguridad a los niños,  en un tiempo de por sí muy  seguro, del cual no gozamos hoy. En ella leí un título catástrofe del diario Crítica que decía “Murió Carlos Gardel”.  Y también allí a mis siete años, sufrí mi primera censura porque escribí que las mujeres eran flores con tétalos y mis padres fueron llamados a la Escuela, pero mi padre me defendió invocando el valor de las metáforas y a Baudelaire, señor  para mí entonces desconocido, más el respeto a la libertad de expresión.  También me enteré a esa edad por mi padre, del primer golpe militar del 30 que él, militante radical e Yrigoyenista, no se cansaba de repudiar, como también lo hizo con el del 43,  aunque me transmitió que lo que se venía iba a ser mucho peor que lo que habíamos conocido hasta ese momento. Tal vez,  porque su pesimismo se basaba en aquella frase de Juan José Castelli, cuando  dijo en 1810: “ si ves al futuro decile que no venga”. Pero ya sabemos todo lo que nos fue pasando, golpe tras golpe militares o  la imposibilidad de que ningún gobernante radical, el peronismo le permitiera terminar su mandato, ya que como dije antes, Alvear fue el último que pudo cumplirlo hasta el final hace 90 años. A  partir de 1945/46, comenzó mi vida ciudadana. Ya había dejado a los estimulantes Julio Verne, Salgari  y Alejandro Dumas, para pasar gracias a un excelente profesor de Literatura, en mi bachillerato, Sergio Chiappori, periodista y escritor que me indujo a las buenas lecturas y a la escritura. Comencé a leer a  Platón, Aristóteles, Martínez Estrada, Mallea, Murena, Korn, Borges, Sarmiento, Alberdi, Julio Irazusta, Ernesto Palacio, y a César Tiempo; a los grandes novelistas rusos, franceses y a los españoles como  Miguel de Unamuno y a Ortega y Gasset. Y mucha poesía. Ya sabía de una Argentina dividida entre Federales y Unitarios, Radicales y Conservadores. También dividida frente a la  Guerra Civil Española y luego por la Segunda Guerra Mundial, para comenzar inmediatamente una nueva y dramática división: el peronismo y el antiperonismo. Todas divisiones irreconciliables. Cuando terminé el bachillerato, no existían todavía las carreras de sociología, antropología, psicología o periodismo. No pensaba ser médico, arquitecto, contador o ingeniero. Me quedaban Filosofía y Letras y Derecho, que suponía podrían serme útiles para escribir e intentar una carrera en el Servicio Exterior. Esa fue la época de mi bohemia de cafés y librerías, de la música, del cine Lorraine, de los primeros amores, aunque las noches también me llevaban al Congreso para seguir los estupendos debates entre los peronistas y el bloque radical de los 44, que los diarios reproducían en verdaderas sábanas que hoy ocupan avisos comerciales del mismo tamaño, porque la pobreza de contenidos conceptuales de los actuales debates carecen de todo interés. Y porque la prensa escrita no podría subsistir sin esa publicidad. Pero no puedo seguir por razones de tiempo seguir comentando todos los avatares que sufrió nuestro país, y que todos ustedes conocen. Aunque no puedo dejar de recordar a la última y más sangrienta dictadura militar que terminó por el drama de intentar recuperar por las armas nuestras Malvinas. Pero que hizo inevitable por fin una apertura a la Democracia con el triunfo de Raúl Alfonsín, aunque tampoco se le permitiera terminar su mandato, y recién ahora se comienza a revalorizarlo como a Frondizi y como a Illia.

Lamentablemente, ya les he tomado demasiado tiempo para seguir hablando del pasado,  y  volviendo entonces a nuestro complicado presente, sabemos que no será en el aislamiento que podamos consolidar nuestra independencia y autonomía, sino en una participación adecuada y justa en la producción y la distribución de la riqueza en el mundo.  La soberanía total debemos interpretarla en las actuales circunstancias de total interdependencia, como un concepto relativo a la inserción que logremos en las grandes redes globales de la producción, el consumo, las comunicaciones, las finanzas, la ciencia y la tecnología, más un sistema nacional de educación moderno, porque todo el porvenir mundial tan cambiante que vivimos y que nos afecta, se está jugando todos los días en nuestras aulas. Que ni siquiera enseñan a convivir ni a pensar.  Pero no debemos ser incorporados a esas redes globales que gobiernan el mundo sin nuestro consenso, sin autonomía, como enclaves o como sociedades subordinadas. La constitución de un vasto polo de desarrollo continental como el Mercosur, que pudiera erigirse en interlocutor fuerte con los grandes polos existentes, sería un aspecto clave para la afirmación de nuestra soberanía. Pero la pregunta es: ¿están hoy todos los sectores de nuestra sociedad dispuestos a encarar y discutir estos grandes temas? Al menos, yo hoy, lamentablemente, todavía no lo percibo, porque vivimos aferrados al pasado, y ya estoy hace rato jugando, a mi avanzada edad,  tiempo de descuento.

Muchas gracias.”

La Comisión Directiva.

Buenos Aires, 11 de junio de 2018